Yo Soy

Y así fue...

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¿Vender yo?, ni de broma

Pues tienes que hacerlo hijo, exclamo mi madre.

¿Qué voy a vender mamá?

Dulces, 

En la gasolinera de la avenida.

Después de la escuela,

Regresas a casa,

Te cambias,

Comes,

Y te vas.

Y así un buen día, a mis diez años de edad comencé en el mundo de las ventas.

Sin conocimientos, sin manuales, sin plantillas, sin un paso a paso.

Me plantaba todos los días de lunes a viernes a partir de las cuatro de la tarde a vender dulces que iban dentro de una bolsa de poco mas de 5×5 cm.

¿Sentía pena por vender?, No, no sabía ni lo que hacía, o cómo debería hacerlo, solo lo hacía. 

¿Y vendía?

¡Cómo un loco desquiciado!

O al menos así lo sentía yo, cuando regresaba a la casa de mis abuelos y le presentaba a mi madre la increíble ganancia del equivalente a cinco dólares.

¿Y eso es vender como loco desquiciado?

Mira, mira, mira:

Por esa época, en los años noventa, cinco dólares no era mucho, casi nada, una limosna vaya.

Pero….

Para mi representaba una fortuna.

No solo en dinero.

Si no en sentimiento.

Regresar a casa, darle el dinero a tu madre,

Que te abrace y te diga que está orgullosa de ti.

Sencillamente no se siente como algo que vale cinco dólares.

 

No es como que ese día te hayas portado bien en la escuela y no te regañen por algo que hiciste. ¡No!

Simplemente se siente la plenitud misma. 

Y si recuerdas tus primeras ventas sabrás bien a lo que me refiero.

¿Que pasó después?

No mucho, seguí yendo a la gasolinera todos los días por un año entero.

A veces gana más

A veces menos

Otras nada.

Unos días me saludaban los que alguna vez me habían comprado.

Otros me compraban personas que nunca había visto.

Otras básicamente me ignoraban.

Y otros tantos me subían la ventanilla del auto.

Lo que hoy sería: Me dejaron en visto.

Así es esto. No pasa nada.

¿Alguna vez sentiste pena?

Por vender dulces no.

Hasta que un día…

Vi llegar en su carro, con toda su familia,

a la niña más bonita del salón.

Imagínate, se llamaba Ivonne, y le decían bombón.

Delgada, alta, con el cabello largo hasta la cintura.

Ojos café claro, blanca como la nieve 

Unos dedos largos y finos.

Y una sonrisa angelical.

Me quedé petrificado…

Ni si quiera me acerqué al carro.

Me escondí detrás de una despachador de gasolina.

Sentía que el escondite no era suficiente,

Que me vería.

Me fui a esconder al baño.

Minutos después.

Salí del baño, 

La familia de Bombón se había ido.

Me despedí de mis cuates,

Los que despachaban la gasolina,

Y me regresé a casa.

No más ventas por ese día.

Ni por los siguientes dos.

Aún seguía sintiendo pena.

Pena por no haber aprovechado la oportunidad de acercarme, saludarla.

Y que viera que era un vendedor desquiciado de dulces.

Ya no volví a tener esa oportunidad.

Pero en mi subconsciente algo había cambiado.

Había aprendido la lección.

Unos meses después mis padres nos regresaron a mi hermana y a mi a nuestra ciudad natal en Toluca. 

No volví a vender nada serio hasta el 2015.

No volví a a ver a Bombón.

Y la vida continúo.

Hasta que un día en Acapulco…

…pero te lo cuento al suscribirte a mis lista de correo, es abajo.

Véndele a Bombón

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Víctor Eloir

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